miércoles, 15 de abril de 2020

Misa de ocho


MISA DE OCHO



Evelina hace la cama del cuarto de huéspedes con sábanas limpias y recién planchadas. Se esmera para que no quede ninguna arruga incómoda sobre el colchón, encaja bien las esquinas y pasa después la mano extendida sobre la cama, así quedará la tela bien estirada. Desdobla con un movimiento enérgico la sábana de arriba y calcula, con la experiencia de tantas camas anteriores, el embozo justo. Ni largo, ni corto. El tamaño preciso para mostrar sobre la colcha de hilo las iniciales bordadas: una « y una « se entrelazan con ramas de azahares.
Ayer recibió la noticia. Su hermano Ramiro vuelve después de tantos años. Debe estar a punto de llegar.
Antes, por la mañana, Evelina mandó a Manuela que limpiara bien la habitación de los abuelos. La muchacha ha barrido y fregado el suelo, ha limpiado el polvo y los cristales, y Evelina, personalmente, ha puesto en el tocador un jarrón con rosas de olor cortadas en el jardín.
La esquila del portón suena y no hay nadie abajo que pueda abrir.
― ¡Ya voy!― grita la mujer mientras baja la escalera al ritmo que le permite su rodilla achacosa.
La entrada está en penumbra aunque no es tarde y en la calle luce un sol de atardecida. Para abrir la cancela hay que girar el manubrio situado a la derecha, en un pequeño nicho cerrado con un portillo de madera. Evelina suda en la frente, en parte por la prisa, en parte por la visita.
― ¿Ramiro?― pregunta al abrir la puerta y encontrar al otro lado a un hombrecillo delgaducho y triste. Éste la mira con ojos inexpresivos y asiente con la cabeza―. Pasa, no te quedes en la puerta.
― ¿Cuánto tiempo hace, Evelina? ―el hombrecillo no sonríe.
―Cerca de cuarenta años ya sin vernos, hermano.―La mujer cierra la cancela tras él―.Te he preparado el cuarto de los abuelos, ya sabes, el que da al jardín. Recuerdo que te gustaban los jazmines.
Ramiro deja en un rincón de la entrada la maleta que aún sostenía en la mano. Dirige una mirada a su alrededor, acostumbrándose a la penumbra.
―Abre las ventanas, mujer. Aquí no hay quién se mueva sin caer.―Con paso inseguro se dirige al fondo de la entrada y abre la puerta de la galería. La luz hace que todo cambie.
La casa de Evelina era antes de sus padres, y antes de sus abuelos. Tiene solera y vejez. Hay telarañas en los rincones más altos y polvo incrustado en los dibujos de madera repujada de los muebles. La entrada es amplia y se comunica con la galería de ventanales por un portón grande que ella siempre mantiene cerrado. La luz estropea los muebles y decolora las cortinas de damasco dorado que cuelgan ante cada puerta.
―Es por los muebles, Ramiro. Ya sabes cómo los cuidaba la abuela.
―La abuela hace cincuenta años que murió.
― ¡Eso no importa, Ramiro! ―Evelina está nerviosa. No le gusta que se le lleve la contraria, ella mantiene las tradiciones, así es como hay que ser―.A Madre tampoco le gustaba la luz, ni a mí.
―A Madre…―Él calla de pronto, decide no discutir― ¿Avisaste a Cecilio como te dije en la carta? Quiero estar aquí el menor tiempo posible.
―Sí, me ha dicho que se llegaría después de misa de ocho. Sube la maleta al cuarto y mientras esperamos preparo un café.
Sin decir nada más ella baja el escalón que separa la entrada de la casa del paso que lleva a la cocina.
Ramiro, con paso lento, sube la escalera y se agarra al pasamanos como quien se agarra a una mano amiga. Al llegar al piso de arriba se dirige al cuarto que su hermana le ha preparado y sonríe algo al ver el balcón abierto y al sentir el olor de los jazmines y las rosas. Deja la maleta sobre la cama y se asoma pensativo al jardín. Observa que las plantas son las mismas de hace cuarenta años. Recuerda entonces sus ojos buscándolo desde allí, añorándolo por la imposibilidad de tenerlo.
Evelina ya ha preparado la bandeja con las tazas de porcelana fina, platitos para los dulces y servilletas de hilo. Ya ha colocado en la camilla de la salita de estar un mantel con olor a naftalina. Sólo falta que suba el café, y que la leche se caliente. También falta que llegue Cecilio.
Cecilio es el encargado de la casa, hijo del antiguo encargado y nieto del anterior. A Evelina le lleva las cuentas con atención y cuidado, nunca se tuvo que preocupar de aquello mientras vivieron sus padres, y al morir, éstos dejaron esos asuntos en manos de su fiel Cecilio para que ella siguiera tranquila. Todo igual, siempre igual. Vive holgadamente con lo que le da el campo y las rentas de las casas con inquilinos antiguos, además ella no gasta, sólo las compras diarias y las limosnas en la iglesia. De los arreglos en la casa se ocupa Cecilio, y Beltrán el jardinero. También viene Manuela para hacerle cada día la comida y la limpieza, Evelina sabe apenas preparar café y hacer camas, nunca necesitó aprender nada más.
Suena de nuevo la esquila. El encargado es puntual. Son las nueve menos veinte, acaba de terminar la misa. Hoy no se queda a la novena.
¡Ya voy!―A Evelina le gusta avisar su llegada a la puerta, es poco amiga de dar sorpresas.
Buenas tardes, señorita Evelina. ¿Llegó su hermano?―Cecilio es un anciano bien conservado.
Sí, llegó. Anda, pasa a la salita que he preparado un café de los que nos gustan.
― ¿Cómo está Don Ramiro? ―susurra él para que no resuene su voz en las bóvedas.
―Viejo.
Los pasos del hermano suenan ya en la escalera. No se ha cambiado de ropa, sólo falta la maleta.
― ¿Cecilio?
―Sí, Don Ramiro.
―Pero hombre, ¿qué es eso de Don Ramiro? Siempre fuiste mi amigo, la edad la tenemos parecida.―Cuando llega a la altura del anciano se abraza a él con verdadero afecto.
―Sí, Ramiro, pero han pasado tantos años y tantas cosas.―Cecilio no se encuentra cómodo con la situación. Es por la mirada áspera con la que la hermana observa la escena.
―El café se enfría―dice ella con retranca.
Los tres pasan a la salita y se sientan en silencio alrededor de la camilla. Evelina sirve el café, la leche, el azúcar y ofrece los dulces.
― ¿Perrunillas? ¡Cuánto tiempo! ―Ramiro elige una especie de galleta ovalada―.Bueno, ya sabéis que he venido para solucionar lo del huerto.
Hablar del huerto es destapar la caja de los recuerdos, de los malos recuerdos. Evelina piensa en lo que perdió, recuerda el vestido que llevaba aquél último día con él, el paseo entre las higueras, la suavidad de sus palabras. Muy alterada, dispara sin control.
― ¿Solucionar? ¿Después de cuarenta años vienes tú a solucionar algo? ¿Igual que solucionaste el entierro de Padre y Madre? ¡Solucionar!―La cara le arde y las palabras salen desde su estómago donde las ha tenido retenidas mucho, mucho tiempo―. Aunque nunca los quisiste, eso es así. Nunca quisiste a nadie…
―Mira Evelina que no quiero discutir.―Ramiro no se ha extrañado del arranque de su hermana―.Veo que no has cambiado. Ni siquiera los años lo han conseguido.
Ella obedece la orden no hablada de callar y comportarse con mesura. Su padre la enseñó a ser sumisa aunque la ira le altere la respiración, aunque esté roja de sofoco.
Él, volviendo al tema se dirige a Cecilio.
―Necesito arreglar pronto la venta del huerto. Tengo necesidad de dinero en efectivo dentro de dos meses y para entonces me gustaría que todo estuviera hecho. Antes habré vuelto a Sevilla, pero te dejaré encargado a ti del papeleo final. Hemos de ir al notario para otorgarte un poder especial. ¿Mañana es un buen día?
Cecilio está apurado y no sabe dónde mirar. Aún así contesta.
―Creo que sí, pero de todos modos hablaré luego desde mi casa con Paquita, la secretaria del notario, y ya te llamo.
― ¡No tienes vergüenza! Venir después de cuarenta años para esto, sólo por dinero. Sólo el dinero te importa. Si padre levantara la cabeza y supiera que quieres vender su huerto se moriría de nuevo.―Evelina no acepta los cambios y el huerto está ahí desde siempre.
― ¡Calla ya! ¡Tú y tus tradiciones! ―Ramiro pierde al fin la paciencia― ¡Las tradiciones destrozaron mi vida! No vas a ser tú quien destroce mi muerte.
Cecilio se levanta y con discreción anuncia que se va para llamar a la notaría y concretar cuanto antes la cita de mañana. Con tranquilidad camina para salir de la casa, lo acompaña Ramiro.
―Hasta mañana, amigo.
Cecilio le sonríe mostrando una gran falta de dientes y Ramiro se pregunta por qué no tendrá dentadura postiza. La noche ha caído sobre el pueblo. Al salir el anciano, cierra el portón de madera y la cancela de la entrada. Después sube a su cuarto, no quiere ver más a su hermana. El balcón continúa abierto y, aunque hace fresco, lo dejará así para que el aroma de las flores llene la habitación. Es lo único que le gusta de aquella casa vetusta.
Evelina refunfuña mientras recoge la bandeja y la lleva a la cocina. ― ¡Hoy no se cena! Ya está bien de aguantar― se dice―, si quiere algo que se lo ponga él.
Después enciende la televisión de la salita, hay una película. Seguro que es una película fea y mañana se tendrá que confesar con D. Joaquín. Pero la verá entera, siempre las ve. Así al terminar, adormecida, se va a la cama sin pensar en nada. Sin pensar en aquellos días. Ni en lo que pasó.

La mañana entra con fuerza por el balcón abierto del cuarto de los abuelos. Ramiro, despierto desde hace rato, decide levantarse temprano y visitar el pueblo. Quizá aún conozca a alguien, puede que haya quien se acuerde de él. Se asea en el cuarto de baño de arriba, con humedades y olor a moho. Cuando baja la escalera nota movimiento en la cocina y olor a café. Es Manuela que se ofrece para llevarle el desayuno a la salita. Después va a la calle. No hay mucha gente, pero no quiere encontrarse con su hermana y prefiere ir él mismo a casa de Cecilio para que le informe.
Evelina nunca se levanta temprano. Le gusta dormir hasta bien tarde, porque si no el día se hace largo, y más ahora que se acerca el verano. Ni siquiera la presencia de su hermano le hace perder el sueño. A mediodía se levanta con el pelo revuelto y los labios secos. Manuela le ha preparado el baño. Apenas se acuerda de la visita cuando la criada le dice que, por ser un día especial, ha hecho esa menestra que le sale tan bien y unos boquerones fresquísimos que compró en el mercado. De postre brevas y melocotones que Beltrán ha cogido esa misma mañana en el huerto.
El huerto.
¿Y mi hermano?
Salió temprano.
A eso de las dos de la tarde suena la esquila. Es él.
Avíseme cuando esté la comida, Manuela, por favor.
Descuide D. Ramiro. Su hermana preguntó por usted hace rato. Está en el jardín mirando las rosas, Beltrán dice que hay pulgón.
Pero él no la escucha. No quiere entrar en charlas con nadie, prefiere estar sólo. Desde la habitación observa a Evelina que habla con un hombre en el jardín; la misma escena de entonces. Debe ser Beltrán. Se acuesta sobre la cama, encima de la colcha de hilo, para ver si se le pasa el dolor. Sabe que a partir de ahora los dolores serán más y más fuertes, prefiere reservar los analgésicos para más adelante.
Cuando Evelina entra de nuevo en la casa, la mesa ya está preparada
Manuela, sube y llama a mi hermano. Vaya horas de llegar. Dile que no tarde, que la comida se enfría.
El comedor es una habitación aún más solemne que el resto de la casa. Una mesa grande y alargada rodeada de sillas isabelinas, y varios aparadores y vitrinas, no son suficientes para agobiar el espacio. Dos servicios individuales, uno en la cabecera de la mesa y el otro a su derecha, hacen ver que los únicos comensales serán los dos hermanos. Evelina se coloca a la derecha; a pesar de los pesares, su hermano es el varón de la casa y debe sentarse a la cabecera. Espera con impaciencia que aparezca él.
Buenas tardes, Ramiro. ¿Has dormido bien?
Bien, gracias. He salido temprano a ver el pueblo.
Manuela ha hecho un plato especial para ti. La menestra le sale riquísima, ya verás.
Los dos comen tranquilos, casi sin hablar. Saben que si no es así, los fantasmas del pasado los alterarían.
Comes poco, Ramiro.
Ya no soy un chaval. Los viejos debemos comer poco, las digestiones se nos atraviesan.
Padre tomaba bicarbonato.
Sí, ya sé.
¿Quieres café?
No gracias. Voy a dormir un rato. Si viene Cecilio me llamas, si no te importa.
Ramiro se levanta de la mesa. Evelina lo mira con indignación, pero no dice nada. ¡Cómo se le ocurre no esperar que ella termine el postre! ¡Su madre lo educó igual que a ella! Pero no parecen hermanos, no señor.
Al terminar, Manuela recoge los platos y ella va a la salita para mirar la tele. A esas horas hay un programa que le gusta, de mujeres que cuentan cosas. Enterarse de la vida de los otros le divierte, quizá es lo único que le divierte si no se cuentan los rezos y el jardín. Pero en el pueblo no quiere chismorrear, ella es una señora y no debe dar tanta confianza a la gente. En tiempos de su madre tenían amigas y familiares que alegraban las tardes de la casa, hoy ella se conforma con la televisión.
A eso de las siete de la tarde aparece Cecilio. Manuela, antes de marcharse, avisa a Ramiro.
Señorita, que ya me voy. Mañana es sábado y traeré churros para el desayuno; seguro que a su hermano le gustan. Adiós Cecilio.
Evelina tiene prisa, ayer faltó a misa por la llegada de su hermano y hoy no irá un rato antes, como suele, para rezar el rosario. No quiere dejar a Cecilio y Ramiro solos en la casa mucho tiempo, a saber qué harán si ella no está. Ya vio ayer lo poco que podía confiar en el encargado, tan amiguitos los dos. ¿Y si les da por enredar en los papeles del abuelo? Mejor cerrar con llave el despacho. ¡Y las joyas! La necesidad de dinero del hermano la preocupa, no vaya a ser… Mejor guardarlas en el despacho mientras no está. Falta media hora. Las voces de los hombres resuenan en la galería.
Cecilio, buenas tardes ¿Hablaste con el corredor? Cuanto antes pongamos en venta la finca, antes saldrán las ofertas.
Ya hay varias. Una, que me parece la mejor, es de Andrés Mejías. Quiere el huerto para hacerse una casa con piscina y todo. Las otras son algo más bajas, pero aseguran que pagan a tocateja en cuanto se firme la escritura.
¿Otra vez lo mismo, Ramiro?― Evelina aparece por el portón de la galería. Ya está arreglada para irse a la iglesia. Un traje azul bien planchado, el bolso colgando del brazo, los labios pintados y su perfume― ¡Parece mentira! ¡Tantos años para esto! Y tú, Cecilio, anímalo que es lo que falta ¿Ya no te acuerdas de lo bien que te ha tratado la familia? ¿Ya se te olvidó el respeto y la obediencia que debes a los antiguos?
El hermano parece cansado y no va a tolerar otra injusticia. Otra más.
¡A Cecilio lo dejas en paz, que bastante tiene con aguantarte!― Ramiro se dirige hacia su hermana amenazador.
¿Aguantarme? ¡No sé yo quién aguanta a quien en esta casa!― dijo como reproche.
Egoísta hasta la muerte ¿eh, hermana? Tanta tradición, tanto recuerdo,
¿Egoísta yo? ¿Y tú, que te fuiste para no volver? ¡Ja! Pero Padre y Madre no te extrañaron, tenían bastante conmigo.
¡Falsa! Me enfrentaste a Padre desde que naciste, pobre hombre manejado por dos arpías.
¡No te atrevas a decir siquiera su nombre! Mal hijo. Aquél día te fuiste para siempre. Ya Madre me lo advirtió.
Madre. Madre te envenenó desde la cuna.―Camina frente a ella con rabia y la hace retroceder hacia la cancela―. Espíritu retorcido. Aquél día viste pecado donde sólo había amor. Y él huyó por tu culpa. ¡Sí, él! Quitemos las caretas. Me enamoré de tu novio, mucho más lo quise que tú.
Evelina, acosada por Ramiro, pierde la compostura y el equilibrio tropezando sus tacones en las juntas del suelo.
¿Sabes?, cuando lo llevabas al olor de las rosas y los jazmines él pensaba en mí. Cuando le decías cursiladas él recordaba mis poemas, cuando le rozabas la mano él añoraba mi piel. ¡Le dabas pena, le dabas risa!
¡Bárbaro! ¡Demonio! ¡Él me quiso siempre pero nuestro amor era imposible! Sabía que Padre nunca lo hubiese admitido y se fue para no sufrir sin poder tenerme.
Ramiro ríe sincero
¡Estaba conmigo, ilusa! Aunque tú ya lo sabes, sabes que vivimos juntos hasta su muerte, sabes que nos quisimos sin…
¡Calla! ¡No mientas más! ¿Qué has venido, a amargarme la vida que me queda?― Evelina recobra la fuerza―. No lo conseguirás. Yo sé que eres malo, que eres el demonio. No debí dejarte entrar en mi casa.
―…nos quisimos sin reservas, y al morir su última mirada fue mía, sólo mía.
Ella lo golpea con un puño cerrado en la solapa de la chaqueta, en la cara. La rabia le arruga la boca y la voz se le afina ridícula. Es Cecilio quien sujeta su brazo, quien les pide que se calmen. Ramiro entonces da la vuelta y se dirige a la escalera. Evelina respira hondo y estira su vestido. Luego, como si nada hubiera ocurrido, ensaya una sonrisa. Abre la cancela y sale a la calle. Sus pasos son firmes. Con un movimiento algo lánguido va saludando a la gente que encuentra en el camino, apenas inclina la cabeza, como las señoras, porque ella es una señora. Luego, al fondo, en el pórtico de la iglesia, destaca su figura altiva entre las otras mujeres que, como ella, llegan a la misa de ocho.



jueves, 15 de junio de 2017

Mala mar (relato)














MALA MAR


Moussa vaga entre chalets de verano, vacíos ahora que el invierno es intenso y la humedad los hace inhabitables. Un macuto le pesa colgado del hombro. No sabe qué hacer, ni dónde ir. Aún no hay trabajo en las fresas y no quiere malvivir entre cobertizos de plástico, donde se hacinan cientos de hombres sin esperanza.
El mar a su derecha es gris y amenazador. Un viento rabioso empuja las nubes que avanzan anunciando tormenta. Una mujer vieja aparece de pronto. Camina con dificultad cargando una bolsa de supermercado. Él mira su espalda encorvada, las greñas canosas que se revuelven con el vendaval. Entonces parece que desfallece, suelta la bolsa que cae desparramándose latas y alguna fruta por el asfalto. Moussa acelera el paso para sujetarla antes de que se derrumbe. Pero cuando agarra sus brazos ella se vuelve sonriente. Él no entiende su mirar alegre, ni la risa desdentada que sale de su boca.

-Sabía que vendrías- dice ella.

Él la suelta callado.

-Anda muchacho, ayúdame con la bolsa. Mi casa está ahí mismo.

Él obedece. Recoge los objetos caídos y sigue a la mujer que camina delante de él. Entra en un chalet tan viejo como ella que parece anclado en medio del mar, tan cerca está. Fuera, apenas unos troncos de leña y algunas plantas secas. Dentro una cocina desordenada, pero está caliente y eso fortalece su ánimo.

-Perdona señora. Yo tengo que irme.

-Ahora no. Primero come algo y acércate a la estufa.

Empujándolo con decisión lo hace pasar al salón, mientras ella vuelve a la cocina. El salón es amplio y caótico. Al fondo un ventanal de hierro y cristal deja ver las olas que amenazan con sacudir los muros de la casa. Las olas. Las mismas que hundieron la barcaza neumática que lo traía desde África junto a tantos otros. Esas olas que ahogaron a muchos y a él lo empujaron hacia la costa cercana. Acercándose Moussa golpea con rabia el ventanal.

-Anda, ven.- dice la señora tras él- Come. Papas con chocos.

Ella acerca a la mesa una butaca de madera donde hace que Moussa se siente. Éste sopla las cucharadas del guiso que humea, está rico y el calor lo reconforta. Enseguida comienza a sentir que el sueño lo vence, pronto duerme con la cabeza caída sobre su pecho.

Al despertar, aturdido, se sorprende cuando comprueba que no puede moverse. Tiene las muñecas y los tobillos atados a la butaca que resiste imperturbable sus arremetidas.

-¡Señora... Señora, joder... qué pasa!

-Pero muchacho, la que estás liando - dice ella entrando en el salón con expresión maternal - ¡Con lo grande que eres!

-¡Suéltame! ¡Quiero irme!

-¿Ves? Quieres irte... claro. Por eso las cuerdas. - sonríe con dulzura.

-Estás loca, señora.- y gritando – ¡Por favor, por Dios... ayuda!

-Tienes que escucharme, luego te soltaré.

-¡Señora, por favor,...!

-Tengo que salir – dice ella poniéndose el abrigo – así cuando vuelva estarás más tranquilo.

Moussa forcejea pero sólo consigue apretar más los nudos. Las manos las tiene hinchadas y va perdiendo las fuerzas. Cuando calla se oye el viento, el mar, el crepitar de la leña en la estufa.

-¡Qué frío hace! - dice la mujer entrando de nuevo- ¿Estás mejor?

-Quiero que me sueltes.

.¡Pero qué perra has cogido! Ya te he dicho que eso no puede ser. Primero me escuchas, luego podrás irte si quieres.

Ella le acerca un vaso de agua a los labios, pero él no bebe. Luego saca un pañuelo de su bolsillo, le seca las lágrimas y le limpia la nariz. Él sacude la cabeza molesto, la agacha y permanece en silencio. La señora se sienta a su lado

-¿Qué, te gusta la casa?- pregunta animada- Con mis padres vivíamos aquí sólo en verano, a mi madre le asustaba el mar. Y eso te dejan los que se van... las manías.

Se levanta, se acerca al ventanal.

Qué bien estábamos..., hasta aquel maldito día. Luego, ya no tuve más ganas de vivir. Desde entonces sólo queda esperar que éste haga su trabajo- dice señalando al mar gris- ¿Lo ves? Ahí sigue. Un día de mala mar abre la boca y me traga,... aunque se está haciendo de rogar el desgraciado.

Abandona el ventanal y se acerca a Moussa que sigue en silencio.

-Dirás que por qué no me eché a la vía, o por qué no me envenené con lo bien que se me dan las malas hierbas.- respira tranquila, parece pensar qué decir.- Fue por el miedo. A todo, desde chica. Y aquí sigo, sola, con el miedo y con los años. Por eso... si tú te quedaras...

Animada saca de un cajón una cartilla de banco raída. Se la acerca al muchacho que vuelve la cara.

-¡Pero mírala, hombre! Tengo dinero para los dos... hasta que llegue la ola... y más. Total, ¿qué tienes tú que hacer más que trabajar? ¿No será mejor aguantar a una vieja loca? Mira..., yo sé que soy rara, pero no soy mala.

Moussa levanta la cabeza más tranquilo.

-Señora, por favor, suéltame. Te prometo que no me voy, yo te escucho, suéltame. Mira... las manos... necesito el servicio...

-Espera un poco. Me gustaría soltarte, pero hay que esperar... Ahora cuéntame, ¿de dónde vienes?- ella sonríe comprensiva. Él calla.- Pues te lo cuento yo. Vienes de más allá del mar. Los he visto llegar,...tiritando de frío y de espanto. Yo sé que allí se vive sin nada, y se muere lo mismo, sin nada... por eso viniste, para tener algo... pero aquí tampoco hay nada ¿verdad hijo?

Moussa la mira.

-Allí tendrás a una muchacha que te quiera, siendo tan buen mozo...

Entonces él, con voz muy baja, comienza a hablar.

-Amina..., se llama. La dejo hace pa dos años. Llora... y mi madre. Saben que muchos mueren,... pero yo tengo suerte.

-¿Y tú cómo te llamas hijo?

-Moussa.

-Bien, Moussa.

La mujer calla. Después, lentamente, se inclina hacia el muchacho y parece que va a besarlo, pero sólo deshace los nudos. No tiene más que tirar de un cabo. Más tarde se dirige al ventanal y hace que mira el mar, a pesar de la oscuridad.

 El muchacho se levanta. La mira y no hace nada. Despacio, frotándose las muñecas enrojecidas, coge su chamarra y sale de la casa.

 Suena el viento, el mar, el crepitar de la leña...

Entonces,...unos golpes en el ventanal.

Ella alarmada da un paso atrás. Luego ríe, y su risa es amplia, alegre, llena de esperanza.

También ríe Moussa cuando entra con los brazos repletos de leña.

jueves, 8 de enero de 2015

TERCER ACTO TERCERA ESCENA (FINAL)

                                                                                      

                                                                                      TERCER ACTO

  TERCERA ESCENA (FINAL)


(salón de la casa. Están sentadas, de luto, Agustina y Alicia, Clara, la Hermana Herminia, Olvido y Casiana. Ésta está de pie hablando para todas)

Casiana:
Ha llamado el notario. Es el de Villanueva, don Fernando está de viaje. Me ha dicho que hay que adelantar la hora... que el acto será antes del entierro...

Agustina:
(ha tomado el mando. Lastimosa) Cuanto antes mejor ¿El cura está avisado?

Casiana:
Sí, nos espera a las once.

Agustina:
Bien

(llaman a la esquila)

Clara:
(ansiosa) ¿será el notario?

(sale Casiana. Se la oye hablar con Carmelita. Entran las dos)

Carmelita:
Buenos días a todas.

Alicia:
(es la única que responde) Buenos dias, Carmelita.

Carmelita:
He traído café con leche y unos churros para que desayunen algo...

Alicia:
(lastimosa) Muchas gracias mujer... ¿para qué te has molestado?... Tenemos el estómago cerrado

H. Heminia:
(dando codazos a Olvido) Pues nosotras vamos a tomar algo que unos churritos... asientan el cuerpo... y el espíritu...

(Salen las monjas y suena la esquila. Casiana sale. Son Encarna y Josefita. Entran enlutadas y con velo)

Encarna:
(Teatral) Buenos días... ¡ay!..., ¿y esa noche?

Todas:
Buenos días

Clara:
(impaciente y malhumorada. Es evidente que le molesta la visita) Larga, Encarna, larga...

Encarna:
No somos nadie... Siéntate Josefita hija...

Casiana:
A lo mejor quiere churros la niña...

Josefita:
(levantándose contenta) si puede ser...

Encarna:
(tirando de su hija) No Casiana, gracias, la niña no quiere nada... ¡con el disgusto!... (Josefita se sienta contrariada) (bajando la voz, misteriosa) Pues en el pueblo no se sabe nada... que nosotras... como muertas... ¿verdad hija?

Josefita:
Sí, mamá

Encarna:
Hasta me he encontrado con don Julián yendo a la misa de ocho y no me ha dicho ni mú...

Casiana:
(misteriosa) Ya sabe usted que doña Luisa no quería.

Encarna:
Por eso... por eso... ¿se sabe la hora del entierro?

Agustina:
A las once... en la Puebla

Encarna:
Ah...

(llaman al teléfono. Clara se lanza a cogerlo)

Clara:
¿Diga?... ah, Gregorio... sí... no... ¿mi hermana...?

(Casiana le quita el auricular)

Casiana:
Ya te dije anoche, Gregorio, que la señora está indispuesta... que luego te llamará... Bueno... Vale.... A más ver. (cuelga)

Clara:
(extrañada) ¿ni Gregorio?

Casiana:
Ni Gregorio.

(suena la esquila y todas se ponen alerta. Sale Casiana y entra con el notario. Es doña Luisa disfrazada. Lleva pantalón, capa larga, gafas de sol, sombrero de ala ancha tapándole la cara y barba postiza. Y una carpeta debajo del brazo)

Casiana:
Don Indalecio González, señor notario de Villanueva.

Notario:
(doña Luisa con otra voz. Seria) Buenos dias

Todas:
(ávidas, menos Alicia) Buenos días tenga usted.

Agustina:
Siéntese usted aquí... (le ofrece un sillón y coloca ante él una mesita auxiliar)

Encarna:
(a Casiana) ¡Qué raro es este hombre...!

Notario:
Procedo. Vengo, por encargo de doña Luisa del Monte y Benavente para la lectura de su testamento. Nombraré una a una a las personas incluídas en el documento: Doña Agustina Fernández del Monte...

Agustina:
(ansiosa) aquí estoy

Notario:
la señorita Alicia Serrano Fernández

Alicia:
(triste) yo

Notario:
Doña Clara del Monte y Benavente

Clara:
(impaciente) Sí, sí...

(entran precipitadamente las dos monjas)

Notario:
Doña Herminia Benavente García...

H. Herminia:
(precipitada, comiendo un churro) aquí...

Notario:
Doña Casiana Gómez Alcaide

Casiana:
(con guasa) Presente...

Notario:
Las personas no mencionadas presentes en la sala deben salir de ella... a menos de que las antes mencionadas no tengan inconveniente en que permanezcan en ella.

Todas:
(impacientes, menos Alicia) ¡No hay inconveniente!

(Encarna, Josefita y Carmelita se levantan con desgana esperando tener la venia de las presentes para volver a sentarse precipitadas. Escuchan con curiosidad)

Notario:
Bien pues. Procedo. Doy pública lectura al testamento autógrafo de doña Luisa del Monte y Benavente, finada en el día de ayer como consta en certificado oficial expedido por el médico del pueblo.

(Todas asienten con curiosidad y ansiosas, menos Alicia. Casiana con guasa)

Casiana:
(al público asombrada y con guasa) ¡Lo que sabe!

Notario:
(leyendo)
“Yo, Luisa del Monte y Benavente, madre, abuela, hermana, prima y señora de todas vosotras, en un día como hoy decido escribir mis últimas voluntades. Sé que queréis saber qué os ha caído en suerte en este sorteo macabro al que ahora me entrego. Pero perdonadme si antes me permito ciertas reflexiones, serán las últimas, os lo prometo.
Nací en este pueblo hace mucho, cuando todo era distinto. Unos padres cariñosos, una situación económica desahogada y la vida pausada de entonces, hicieron que tuviera una infancia feliz. Fui la mayor de dos hermanas. Nació Clara cuando yo ya tenía recuerdos. Siempre la quise, la cuidé, la protegí, oculté sus errores y alenté sus virtudes...

Clara:
(sonríe sintiéndose protagonista) Verdad...

Notario:
...pero al parecer aquello no sirvió de nada. Con el paso de los años y la distancia, mi cariño no disminuyó, imaginaba a mi hermana añorando su pasado y a su familia... Ahora sé que estaba equivocada,...parece ser que para ella sólo soy una mujer ignorante y miserable,... con una única virtud: mi dinero...

(Clara cambia de expresión. Extrañada, decepcionada y preocupada)

También llegó mi prima Herminia,... para mí otra hermana. Como tal la traté, con amor, confianza y risas que alegraran su oscura vida. Parece que aquellas risas la marcaron de por vida y a ellas se debe su carácter huraño ¡Cuánto lo siento!... Ahora quiere ser libre... hace bien.

(H. Herminia sonríe sin saber si estar alegre o preocupada)

Me casé enamorada de un hombre bueno que murió demasiado pronto. Tuve una hija, el sol de mis días,... Agustina. Desde entonces todo fue para ella,... todo fue por ella... Demasiado quizá. Por mucho que le daba... ella más quería... y más... Nunca ha estado satisfecha mi pobre hija,...

(Agustina mira con prevención)

...pero tuvo una hija... ¡Qué alegría ser madre!... Aquello tenía que haber colmado todos sus anhelos... pero no. La pequeña Alicia sólo supuso un freno a su desenfreno... pobre Alicia, ángel de la casa, único ser puro que nos acompaña esta noche.

(Agustina mira rabiosa a su hija. Alicia llora emocionada)

Por fin Casiana, compañera, la más fiel amiga... Alicia y tú lo tendréis todo.

(Casiana ríe guasona, Alicia y las demás la miran sin entender nada.)

H. Herminia:
(se pone de pie como con un resorte)¿Cómo puede ser?

Olvido:
(ríe) (a la h. Herminia) ¡Pánfila! ¿qué te creías?

Clara:
(se deja caer desmayada y sofisticada) ¡Es el fin!

Agustina:
(gritando histérica) ¡Noooooo...!

Alicia:
(calmando a su madre) ¡Mamá!

(Doña Luisa se quita el disfraz aprovechando la confusión. Cuando la ven cunde el pánico. En ese momento entra Gregorio en el salón)

H. Herminia:
(horrorizada se tapa la cara)¡Dios mío...!

Olvido:
(asustada pero divertida) ¡la muerta!

Clara:
(agresiva, olvidando su sofisticación) ¡Espíritu infernal! ¿Vuelves... para vengarte?

Agustina:
(como loca se acerca a su madre y la zarandea por los hombros) ¡No lo conseguirás!...¡No t te tengo miedo...!

Alicia:
(acude a sujetar a su madre) ¡Mamá!...(incrédula, ilusionada) ¿abuelita...?
(Encarna y Carmelita se esconden asustadas, gritando, detrás de Casiana. o Josefita no se inmuta. Casiana ríe y hace gestos al público)

Gregorio:
¿qué pasa aquí?

Doña Luisa:
(tranquila, sabiéndose dueña de la situación. Pasea por el salón provocando el pánico en cada u una a la que se acerca) Nada, mi fiel Gregorio... Mis familiares creen haber visto un fantasma... pero no.... Ningún espíritu maligno ha venido a mortificaros, sólo soy yo, vuestra Luisa del Monte...

(Se van tranquilizando. Van encajando la situación)

Os preguntaréis el motivo de la pantomima... Pura curiosidad, ¡peligrosa afición!... Sólo  quería saber... y, sin pretenderlo, he sacado a la luz nuestras peores miserias...
(Se acerca a su hermana y ésta mira hacia otro lado con gesto sofisticado) Clara, ¿qué fue de nuestra complicidad de hermanas? Siempre te he querido,... siempre te he extrañado... Me hubiera gustado que me pidieras ayuda... antes de acudir a un usurero...

(se dirige a la H. Herminia que se arrodilla delante de ella como si fuera un santo. Doña Luisa l la levanta) ¡Herminia, levanta mujer! ...Siempre fuiste para mí otra hermana... y como a tal te traté y te quise... Mis pobres padres creyeron hacer tu bien... ¡qué equivocados estaban!... perdona su error,... los errores de todos... Parece que tu vida entre nosotros no fue más que una enorme tela de araña llena de nudos macabros que te atrapó haciendo de ti el ser miserable en que te has convertido...

(se dirige a Agustina que llora después de la histeria consolada por Alicia) Hija... creí haber sido una buena madre... ahora sé que no... Eres mi mayor fracaso... ¿Qué será de ti? No lo sé, ojalá pudiera volver atrás... Ya es tarde... el odio se ha instalado en ti tan profundo... La culpa me atormenta... no debí darte todo lo que me pedías, tuve que exigirte más,... ahora vivirás de tu trabajo, tendrás que ser responsable de ti, sólo de ti,... quizá algún día...

(se dirige a Alicia que llora emocionada y la abraza) Alicita, ángel mío, mi único amor sincero entre tanta miseria.

(se dirige a Casiana. Se cogen de las manos y ríen cómplices) Casiana, compañera,...

Sé que he vivido alejada de vuestras vidas... he confundido la bondad con el consentimiento... y eso me llena de culpa. Pero defiendo el derecho que tenemos todas a tropezar,... a caer,... a volver a levantarnos... Somos seres imperfectos,.. así debe ser.

(se dirige a Encarna, Josefita y Carmelita) Encarna, Carmelita, niña... serviréis de notarios en esto que empezó siendo una farsa y terminará siendo la única realidad.

(se dirige a Gregorio) Gregorio, a partir de hoy pon en venta las fincas, sé que hay gente interesada... no te será difícil. La casa será para ti, te la has ganado.

Gregorio:
¿pero qué hará usted?

Doña Luisa:
(llama a su lado a Alicia y a Casiana que acuden y se agarran cada una a un brazo de la señora) Las tres haremos un largo viaje... y luego... ya veremos.

Casiana:
(con la guasa de siempre enseñando su delantal) Señora... a dónde voy yo con esta pinta...

Doña Luisa:
(ilusionada) Iremos a la que dicen es tierra de oportunidades, Casiana... Dicen que está llena de luz y canguros,... y hombres (gestualizando) musculosos... (ríen las dos)

Alicia:
Abuelita... ¿y yo?

Doña Luisa:
Para ti, ángel mío, buscaré una preciosa granja donde cuidarás a tus animalitos abandonados. Porque esta vez sí,... (se agarran las tres frente al público) ¡Espéranos...

Doña Luisa, Casiana, Alicia:
… AUSTRALIA!





viernes, 2 de enero de 2015

AUSTRALIA III Acto II Escena


                                                                      
                                                                                           
         TERCER ACTO
                                                                                          SEGUNDA ESCENA


Casiana:
¡Señora!

Doña Luisa:
Ya sé... ya sé. (se levanta y se estira. Está seria)

Casiana:
le he traído el bocadillo (sacando de la bolsa el bocadillo y la botella)

Doña Luisa:
No lo quiero... dame, dame.... (coge la botella y bebe directamente de ella. Casiana la mira asombrada)

Casiana:
¡señora!

Doña Luisa:
Mi prima me ha dejado sin ganas... No sabes qué cosas ha dicho... que si tengo la culpa de sus desgracias... que si ha vivido en una cárcel... (bebe) ¡Quiere mi dinero para escapar del convento! ¡Dice que se va... a Australia!

Casiana:
¿Australia? ¿Y dónde pilla eso?

Doña Luisa:
Muy lejos... mucho ¡¿Será desagradecida?!... Debería sentirme enfadada..., pero no... (señala la botella) Será esto... (ríe y bebe)

Casiana:
Señora... el aguardiente...

Doña Luisa:
¿qué pasa? ¿crees que puedo aguantar las miserias de esta familia a palo seco? (bebe)

Casiana:
La siguiente es su hermana. (se dirige al público haciendo gestos de “ay mi madre”)

Doña Luisa:
¡Ay mi madre! (bebe y ríe)

Casiana:
Al despertarla me ha dicho que ahora venía..., que primero iba a hacer una llamada... (gesto de no entender nada)

Doña Luisa:
¿Una llamada... a estas horas?

Casiana:
No sé, señora

Doña Luisa:
Están todas locas (ríe)

Casiana:
Acuéstese... se oyen ruidos...

(la señora se acuesta y Casiana la peina, le retoca el polvo de talco exageradamente y la cubre con la colcha. Doña Luisa tiene hipo y le da la risa)

Casiana:
Si es que... tanto bebercio...

Doña Luisa:
(ríe) Hip,... dile que son... calambres... hip... (ríe, le da hipo y más ríe)

(entra Clara con su aspecto sofisticado, antipática)

Clara:
¿todavía aquí? (a Casiana)

Casiana:
Ya me voy. Volveré en dos horas (sale)

Clara:
¡Qué pesadez! (acomoda un par de sillas y se sienta sofisticada con las piernas sobre una de ellas)... Y yo sin hablar con el conde... (se levanta y pasea nerviosa. Enciende un cigarro) Así no puedo volver a Santander. En cuanto pise el aeropuerto estoy muerta... (retuerce las manos más nerviosa. Se dirige a doña Luisa)
Ya podías haberte ido antes... hermanita adorada... A ver para qué tanta finca..., tanto cuadro,... tanta plata... con esa vida miserable que llevabas... (ríe con desprecio) Ya me dirás... abanicarte mirando el reloj de la torre... rodeada de polvo y de una vieja decrépita (mira muebles y tapicerías con desprecio) ¡Decadente!... Ser poseedora de riquezas no basta... hace falta tener... clase (hace gesto de mostrarse a ella misma)... y esa, Luisa querida, no era tu mayor virtud.

(Doña Luisa suelta un hipo y le da la risa. Clara se acerca a ella asustada)

Clara:
¿Qué ha sido eso?... parece que sonríes... (se abraza con un escalofrío) pero no, estás ahí, fría como el mármol... (pasea nerviosa) Son los nervios... tengo que descansar, necesito dormir... Mañana. Eso, mañana dormiré cuando el notario me de la escritura de la Vega. No te queda otra, querida... padre te obligó: ”a la muerte de mi hija mayor, de producirse, la finca de la Vega pasará a mi hija menor, si vive” (ríe nerviosa)... ¡y vivo!... ¡Vivo! (sofisticada) ¿Sabes? me relaciono con la mejor sociedad de Santander,... aún tengo a los hombres a mis pies, (se coloca el pelo y hace ademán de sentirse guapa)... ¿que soy mayor? ¿y qué?... todos piensan que soy rica, el mejor atractivo cuando la juventud pasa... Y mañana lo seré,... otra vez....
Me voy a Australia, ¿sabes?,... tengo un enamorado en Sydney... un lord inglés de mucho abolengo y... más dinero. Pero antes tengo que arreglar lo de Armando... un usurero que me perseguiría hasta el mismísimo fin del mundo si no le pago...

Doña Luisa:
¡otra!

(Doña Luisa suelta un hipo y se mueve aguantando la risa)

Clara:
(se vuelve rápida para mirar a su hermana) ¿ni muerta vas dejarme en paz, Luisa?... ¿vuelves del otro mundo para recriminar mis actos?... ¡qué novedad!...Siempre tan perfecta... tan sensata... Pues no lo conseguirás, no me asustarás.

(Doña Luisa suelta otro hipo sin poder aguantar la risa)

Clara:
(da un salto hacia atrás asustada) ¡Calla, espíritu del más allá!

(se oyen pasos y se abre la puerta con un crujido siniestro. Clara da otro salto muerta de miedo. Aparece Casiana asomando una cabeza con redecilla de dormir)

Casiana:
Doña Clara... ya es la hora.

Clara:
(aliviada) ¡Por Dios Casiana!... ¿Qué tienes en la cabeza?

Casiana:
rulos

Clara:
(saliendo) que casa de locos...

Doña Luisa:
(ríe sin recato desahogándose, retorciéndose en la cama. Se levanta) ¡Ay, Casiana! ¡ésta también se va a Australia! ¿Qué tendrá aquella tierra... además de canguros?

Casiana:
¿Todavía le dura la alegría del aguardiente?

Doña Luisa:
Hablando de aguardiente...

Casiana:
No... ahora toca café bien cargado (saca un termo de una bolsa y sirve café en una taza)

Doña Luisa:
(bebe con disgusto) vieja ñoña...

Casiana:
¿Cómo le fue con su hermana?

Doña Luisa:
(misteriosa) Le debe dinero a un prestamista, dice que si no paga... es mujer muerta.

Casiana:
¡Pero si heredó lo mismo que usted!

Doña Luisa:
(asintiendo)¡La buena vida no puede durar siempre!... Ahora me doy cuenta, vieja Casiana, de que no debí ser tan complaciente en estos tiempos que corren... Tanto pensar en el bienestar de los demás... vigilando sus necesidades, sus más banales deseos... ahora no lo recuerdan, sólo quieren más,... Mi prima... con sus comodidades y caprichos a pesar de sus votos,... mi hermana... tantas veces la ayudé para que no tuviera que renunciar a su tren de vida... Nosotras necesitábamos poco, ¿eh, Casiana?

Casiana:
(asiente exagerada) y que usted lo diga.

Doña Luisa:
Pero ahora lo veo... con mi altruismo las he convertido en animales de carroña... ¿y mientras ellas vivían... que fue de nuestra juventud y nuestros deseos?...

Casiana:
Pues qué ha de ser... lo normal... los años pasan sin darse una cuenta... Ahora es verano... y mañana mismo estamos con los turrones... luego los oficios de Jueves Santo y... otra vez el verano... Y nosotras perdiendo las fuerzas... y las ganas. Pero hemos sido felices señora... No somos nosotras mujeres de muchos sueños como su hermana,... sólo con ver las plantas brotar en el jardín... y saber que Gregorio de vez en cuando, con el buen tiempo, nos lleva a dar una vuelta por las fincas... hemos tenido bastante.

Doña Luisa:
Dices bien... Pero las mayores alegrías nos las han dado las niñas... primero Agustinita, tan buena y formal,... luego mi nieta que es un ángel del cielo... Menos mal que tenemos a las niñas, Casiana.

Casiana:
Tiene usted razón, señora... pero ahora prepárese que pronto estarán aquí.

Doña Luisa:
Está bien Casiana... sigamos con la pantomima,... aunque confío tanto en mi Agustina...

Casiana:
(para el público) no sé... no sé

(Doña Luisa se tumba de nuevo y Casiana vuelve a arreglarla. Esta vez están cansadas y lo hacen tranquilas. Se respira cariño entre ellas. Se abre la puerta. Son Agustina y Alicia)

Agustina:
(haciéndose la triste huérfana) ¿Mujer, qué haces aquí a estas horas y con esa pinta?

Casiana:
He venido a dar una vuelta para ver cómo seguía todo.

Agustina:
A tu edad deberías descansar más..

Alicia:
Mamá tiene razón, Tata... (se acerca a Casiana y le da un beso)

Casiana:
Ya me voy... (sale y cierra la puerta)

(Agustina se sienta callada, Alicia se acerca a su abuela en silencio. Luego habla)

Alicia:
Pobre abuelita querida...

Agustina:
(cambia de actitud. Ahora es fría y dura) déjate de monsergas.

Alicia:
¿monsergas? Mi amor por mi abuelita es sincero...

Agustina:
Amores... amores... ¿de qué sirven los amores?...¡Olvídate!

Alicia:
Mamá, no empieces... no es momento.

Agustina:
(irónica) Deja de ser tan comedida, hijita querida... no te pega.

Alicia:
de acuerdo, mamá... venga... empieza con tus reproches

Agustina:
Sólo te digo que ahora que tu abuela no está y que heredaré, como su hija que soy, casi todo el capital... no quiero volver a verte por esta casa.

Alicia:
¿Crees que me importa?... ¿puede dolerme no tener tu cariño?... Nunca lo he tenido... no espero otra cosa de ti... Si mi abuela hubiera sabido...

Agustina:
(hiriente e irónica) Sí..., qué raro que la repelente Alicita no haya confesado en tantos años de sufrimiento...

Alicia:
Mamá, qué poco me conoces...

Agustina:
Puede ser... no deja de sorprenderme tu silencio... ni de chica se te escapó una palabra de más... (ríe) será por el miedo que te inspiraba...

Alicia:
Nunca te tuve miedo... sólo te quería.

Agustina:
Otra vez con tus amores...

Alicia:
¡Sí, te quería,... igual que a ella! Sabía que confesarle tus mentiras sólo os haría sufrir, por eso callé...

Agustina:
Mentiras, sí... era el único modo de que me dejara vivir mi vida... ¿Cómo crees que se habría tomado saber que no fue tu padre el que me abandonó... sino yo la que buscó un amante mas.... fogoso? (ríe) ¿Habría entendido tu abuelita querida que no soy mujer de un sólo hombre? ¿que mi trabajo con el abogado no es precisamente de... secretaria?

Alicia:
(casi gritando) No Mamá, no,... no lo habría entendido... nadie puede entender tu modo de vida... al que me has arrastrado sin sentir el más mínimo remordimiento... Te he conocido amantes de la peor calaña, he aguantado sus borracheras y sus vicios...

Agustina:
Ya salió “sor Alicia de los buenos pasos”... Pero no te preocupes... ahora pienso irme con Hugh y te liberarás de mi viciosa vida

Alicia:
(sorprendida y dolida) ¿Con Hugh? ¿No me dijiste que aquello había acabado?

Agustina:
(irónica y cruel) ¡Qué cándida puedes llegar a ser, hijita!... Te lo dije para que me dejaras en paz... ¡Cómo acabar con un hombre como Hugh, tan joven, tan fuerte,... Sin dinero... eso sí... que se vino de Australia con su mochila siguiendo el rastro de una jovencita angelical... a la que había conocido en Florencia en una habitación con vistas...

Alicia:
(pasea por la habitación y llora desesperada) No me lo puedo creer, mamá... ¿cómo puedes hacerme esto?... Sabes que aún lo quiero... me prometiste que no lo verías más...

Agustina:
(frívola e hiriente) ¡Se prometen tantas cosas!... De todos modos él no te conviene... no te quiere... me prefiere a mí... o a mi dinero...(ríe)... En cuanto tenga la herencia nos iremos a Australia, quiere presentarme a sus padres...

Alicia:
(llorando) ¡Cómo puedes ser tan egoísta!... Sabes que mi sueño era irme con él y montar los dos una granja para animales abandonados...

Agustina:
(ríe) Ay... animales abandonados... ¡pero qué ñoña eres, hija mía!

(Doña Luisa hace ruidos intentando aguantar el llanto. Le tiemblan las piernas. Se da cuenta Agustina)

Agustina:
(acercándose sin ningún miedo a doña Luisa) Pero...¿ésto qué es?...

Alicia:
(acercándose a su vez) Parece que llora... (con un pañuelo seca los ojos de su abuela)

Agustina:
Ya es lo que me faltaba... que mi madre se levante como Lázaro... (ríe)

Alicia:
No sé,... serán cosas mías

Agustina:
¡Sí, hija... serán cosas tuyas!

Alicia:
¿por qué eres tan cruel?

Agustina:
(indiferente) Debo haber sacado lo peor de cada familia (ríe)

Alicia:
(más tranquila) ¿Qué piensas hacer con Casiana?

Agustina:
Hablaré con las monjas del asilo de Llerena... si les doy una buena lismosna seguro que me la aceptan

Alicia:
No, mamá,... Casiana no irá al asilo... ya buscaré el modo de que se venga conmigo donde yo esté.

Agustina:
A mí me da igual... pero no creo que puedas ganar suficiente para las dos... Con esa cabeza que tienes... si hubieras estudiado derecho... ahora serías... registrador de la propiedad... o... inspector de hacienda... y tendrías un buen dinero... (irónica) Pero como eres tan “amor y flores”... ¡biología!... así tú no ganas ni para pipas.

Alicia:
(firme) Casiana se viene conmigo. Supongo que podremos seguir en nuestra casa mientras encuentro algo...

Agustina:
mientras yo esté aquí arreglando la casa y ocupándome de la venta de las fincas....

(se hace un silencio. Agustina se sienta lo más cómoda que puede. Alicia mira por la ventana pensativa)

Alicia:
Está amaneciendo...

Agustina:
Dentro de poco vendrán a buscarnos