lunes, 22 de marzo de 2010

Raimundita



Es una noche muy larga. En la mesa hay aparatos que no entiendo. Ellos sabrán lo que hacen, yo sigo en silencio para no estorbar. ─¡En el espejo!─ dicen. Sus miradas y los cables no tardan en localizar el lugar. No hay nada. Antes estaba tranquila, ahora tengo miedo. Me levanto y miro a través de mis manos el recuerdo azul de los zapatos de baile. Busco los ojos del que tengo al lado y él atraviesa mi mirada sin hacerme caso. Estoy nerviosa. Observo que más allá del balcón entreabierto aún es noche cerrada, no quiero verlo, no me gusta la noche. Cierro los postigos. ─¡En la ventana!

sábado, 6 de marzo de 2010

Rafael tiene cara de gitana vieja


Triana, 15 de marzo de 2009


Mi querido Rafael:

Hoy, justo hoy, cuando se cumple un año desde que volví a tenerte cerca y habíamos planeado pasarlo juntos, me han llamado del hospital. Por fin hay hueco, ya sabes, lo que te conté. El riñón. Meses llevo esperando y tenía que ser precisamente hoy.
Como no quiero dejarte sin aviso, le voy a dar esta carta a la gitana y cuando llegues la lees. Me ha prometido dar contigo aunque yo no esté, que le diera una foto y algo que hubieras disfrutado en vida. Con las prisas no se me ha ocurrido otra que darle el taladro, y es que nada te gustaba más que hacer agujeros en las paredes. Y la gitana, con la guasa que tiene, dice que no sabe si podrá concentrarse agarrada al mango, ¡anda que...! Aunque yo sé que sí.
Un año ya, Rafael. Parece mentira. Y yo como una tonta desde que te fuiste sin creer en estas cosas del otro mundo, con la de veces que me insistió Julita. Desde el accidente estaba detrás de mí y fíjate si hace años. Que si en la calle Betis todos confiaban en ella, que si era muy milagrosa, que si sólo cobraba la voluntad. “Desde emplastes de hierbas para los males de barriga hasta oficios para desaojar y contactos con el más allá, de todo hace la mujer”, me decía, pero yo ni caso de puro miedo, la verdad, que ya sabes el susto que me dieron siempre las almas en pena. Hasta que una noche le vino un aire a la pobre gitana y se quedó parada de medio cuerpo, entonces Julita me dijo que o corría o no la pillaba. Y es que los años no perdonan a nadie, por muy bruja que se sea. Si yo ya voy para los ochenta a ella no le faltará mucho, que poco más nueva que yo parece y encima con el paralís. A estas edades, Rafael, lo que tanto importaba ya no importa. Tú, como te has quedado en los cuarenta quizá no me entiendas, pero qué más me daba a mí, hace un año, ocho que ochenta; ni los miedos importaban ya. Los hijos hacía tiempo que se me habían ido, y tú para qué contar. Por eso fui, por probar y, lo que son las cosas, te encontré. Un año ya Rafael, cómo pasa el tiempo.
Me acuerdo ahora de aquella primera vez. Julita me acompañó, como ella es cliente de toda la vida nos hizo hueco un sábado, porque era sábado. Creía yo que la casa sería oscura y empolvada, pero no, buen patio con montera tiene la gitana, con unos geranios reventones que ya me gustarían a mí para mi balcón. La mujer nos recibió en una salita del primer piso, sentada porque el ataque la había dejado en silla de ruedas. Se rió al verme y me dijo que si por fin me había decidido, y es que toda la vida me conoció huyéndole siendo vecinas como somos. Me hizo preguntas, muchas. Tu nombre, tus gustos, cómo nos conocimos, la vida, los hijos, los apuros y los contentos, el accidente, sobre todo el accidente. Luego cerró los ojos y agarró mis manos, respiró hondo tres veces, y cuando volvió a abrirlos ya no era ella, sino tú. No eran sus ojos, sino los tuyos, ni su voz, sino la tuya, como si la gitana no fuera más que una máscara de carnaval. De la impresión creí que me desmayaba, solté tus manos, que tuyas eran, y casi me caigo de la silla antes de oírte decir: “Pero Amparito, ¿que has hecho con tu rodete? ¿Dónde vas a pinchar ahora la moña de jazmines?”. Me dejaste tan asombrada que se me fue el susto y sentí que no había pasado el tiempo. “Me lo corté, Rafael. Los niños me convencieron ya de vieja”, te contesté. ¡Cuántas cosas nos contamos aquella primera vez! ¿Te acuerdas? Supe que nunca te habías ido, que seguías pegado a mí desde aquel maldito día. Y supe de dónde vinieron tantas cosas raras que me tocó vivir, que siempre fuiste tú, tan guasón en vida y así seguías, para quedarte conmigo y reírte un rato a mi costa ¡Mira que el entretenimiento! Ni limbo ni porras, igualito que siempre. Anda que no prendiste luces a las tres de la mañana, que hasta la hora tenías cogida, loco tenías al electricista. ¿Y los muebles que aparecían en medio del pasillo? También te divertía esconderme las cosas; que si la radio, que si el bolso, que si la cabeza, eso es lo que llegué a creer muchas veces, que había perdido la cabeza. ¡Y siempre fuiste tú!, ¿será posible? Luego pensándolo bien recordé el principio, reciente el accidente cuando no podía dormir de pura soledad, que aparecías a mi lado en la cama, tumbado boca arriba igual que siempre habías estado y yo quería tocarte, pero al alargar mi mano te disolvías como si fueras humo. Después no quise más rozarte, sólo te miraba queriéndote igual que siempre, porque mira que te quise ¡Qué guapo eras, Rafael! Con la piel tan suave y ese pelo negro, y tu sonrisa zumbona que me volvía loca, ¿te acuerdas? Así te veía a mi lado, aunque parecías como de aire y humo, cada noche más transparente, hasta que un día no te vi más. Luego me olvidé de aquello. Es ahora cuando recuerdo aquellas noches de soledad mirando tu sombra. Pero te prefiero así como hoy, aunque tengas la cara fea de una gitana vieja y tullida, porque te escucho y me escuchas y hasta te toco, aunque sea con otra piel. Sí, ya sé que piensas que estoy rancia, con esa manía tuya de no callarte nada me lo has largado más de una vez en estos últimos tiempos. Pero ten paciencia, parece ser que cuando estemos juntos al otro lado volveré a tener pocos años, menos mal, no quisiera parecer tu abuela allí donde sea.
Pienso ahora en mi suerte por tenerte, no disfrutaron la misma las otras viudas del accidente cuando aquella grúa os arrancó de cuajo la vida. En Astilleros dijeron que fue vuestra culpa, un descuido, no cumplir las normas, y eso nos dejó una pensión que no daba ni para pipas con tantos hijos como se tenían entonces. Por eso a unas más que a otras, nos tocó sacar las castañas del fuego. Yo me coloqué en un piso de la Plaza de Cuba, de aquellos grandes que construían cuando te fuiste, ¿te acuerdas?, y allí crié a unos hijos que no eran los míos. Ahora, casi más me quieren que los nuestros Rafael. Yo creo que los pobres míos aguantaron mucha rabia, tú sabes, que gracia no podía hacerles quedarse solos mientras su madre hacía de madre de otros. Pero qué iba a hacer yo. Ahora sé que no me lo perdonan, que me tienen guardada aquella rabia, sobre todo los mayores. Vienen poco a verme. Rafaelín se casó con una sobrina del estanquero y viven cerca, pero ni así. A sus dos hijos, mayores ya, hace tiempo que ni los veo. Esperancita se fue lejos, heredó tu fuerza y desde jovencilla sólo quiso conocer mundo, en América vive, sola. Por mucho que le insisto ella no quiere venirse, cuando la vi hace dos años me pareció otra, Rafael, que hasta el habla lo tenía distinto. Me da miedo morirme y no verla más. Mariano es distinto. Es el que más se ocupa de mí, viene cada semana a ver cómo sigo, qué necesito. Tiene una niña chica que se llama Amparito, como yo, y que es mi alegría Rafael. Siempre le digo que se parece a ti, que tiene tus ojos negros, y entonces ella coge tu foto con sus manitas gordas y te da mil besos. Luego tengo que limpiar el marco con cristasol porque lo deja todo pringado. Mi corazón.
Bueno, Rafael. Ya termino. Tengo que dejar la carta a la gitana y el niño está al llegar para llevarme al hospital, quiere estar conmigo cuando salga del quirófano, ya te digo que Mariano es distinto. No puedo contarle de ti, pensaría que me he vuelto loca y me llevaría a una residencia, con lo bien que me manejo todavía. Espero que cuando leas esta carta vengas corriendo conmigo y me cojas de la mano, aunque yo no lo note. Si sé que te tengo cerca cualquier dolor será menos, y si Dios quisiera llevarme, espero que seas tú quien me reciba, que si no a ver cómo te encuentro luego. Tengo miedo Rafael. No me dejes sola.

Siempre, siempre tuya.

Amparo

martes, 23 de febrero de 2010

Representación



Era ridículo el temblor del último minuto, no podía vencer éste a tantas horas de trabajo. Las luces aún no la iluminaban y en la sala se oían voces que se preparaban para el silencio, papeles de caramelos estrujados,… Al salir, los aplausos. Sus primeros aplausos que en vez de animarla la envolvieron en una nube de sensaciones extrañas. Comenzó a interpretar maquinalmente dentro de ese ensueño de focos y silencio roto por los progresivos sonidos que salían del piano; luego, al fin logró formar un solo cuerpo con la música.
Era una mano larga, pálida y delgada, con cinco ligeros bailarines que en el teclado hacían su primera representación. Al principio tímidamente, pero su juventud acabó imponiéndose y a lo estético de su movimiento de academia se unió una energía vitalizante. Era maravilloso ver, y oír, y sentir con todo el cuerpo la perfecta armonía de los cinco dedos con el teclado. A veces uno saltaba y los demás esperaban su vuelta y otras, cuando la composición llegaba a su cima, estaban los cinco, con sus cinco movimientos, acordes. El hechizo llegaba a Todos, la nube cubría la sala.
Así, cuando uno de los dedos cayó y los demás abandonaron la obra para levantarlo, esa nube, el encanto que rodeaba a Todos se fue dejando un vacío que nadie se atrevía a llenar. Sólo la mano entendía, la iba invadiendo un nerviosismo que ella transformó en excitados, magníficos movimientos sobre las teclas. Improvisaba una danza extraña, del piano salían voces cautivadas. Todos los sentidos daban desordenados sus cortos informes por la excitación de querer pertenecer a aquel momento único.
Después, una paz serena se apoderó de la mano. Los frenéticos aplausos de Todos llenaban el espacio, pero tras una tranquila barrera ella permanecía en el recuerdo de la ilusión pasada. Para Todos era una gran artista, ella se sentía renacer viendo claro el motivo de su existencia.




Vivía para el piano porque sólo ella podía hacerle sentir. No tenía derecho a callar la voz de un ser hasta entonces mudo y que ahora quería expresar todo su silencio en un instante. No podía ocultar la música que salía de la perfecta unión de los cinco dedos en el teclado y tenía poco tiempo; las manos envejecen y pierden su fuerza pronto.
Para Todos se equivocaba, había elegido una vida vacía, una pérdida de tiempo y de talento, pero ella se sentía completa. Palabra a palabra su unión con el piano fue mayor; ella prestaba la fuerza y la expresión, él daba su voz. Había días en que uno frente al otro se decían simplezas, hablaban de la lluvia, de una nota desafinada,…A veces entablaban fenomenales conversaciones sinfónicas sobre filosofía, política, religión, la armonía de un acorde, el sonido de una nota.
Recuerdo una mañana en que la mano, muy inspirada, hablaba con el piano recién afinado. El baile empezó suavemente, pero con la sucesión de sonidos, de minutos, fue cobrando intensidad. La música subía, bajaba, se paraba de pronto para empezar siempre suavemente y acabar en la mayor culminación del poema. El espectáculo visual era tan bello e insólito como lo que se escuchaba, una completa armonía de movimientos entre los cinco, expertos ya.
Pocos tuvimos la suerte de asistir a aquel concierto que, interpretado en un famoso teatro, habría sido un hito por su alta calidad. Digo pocos porque sólo estábamos en la habitación los de siempre: el armario que guardaba las obras, obras de la mano que yo copiaba en la oscuridad y que estaban siempre calladas, el polvo del piano, la luz de la ventana, la sombra de los rincones más apartados y la estufa que, luchando con el frío, nunca conseguía vencer. También las paredes escuchaban, y las grandes cortinas de la ventana cuando no dormían plegadas en una esquina. Hace poco supe que más allá de nuestras paredes también había oídos intentando escuchar algo de lo que ocurría en nuestro cuarto. Finalmente, las duras e indiferentes herramientas que alguna vez afinaban las cuerdas del piano y yo, la escritora siempre sentada junto al armario donde guardaba las obras copiadas ilegalmente con la ayuda del piano. Éste me ayudaba por amor, decía, y sé que por vanidad. Le gustaba pensar que Todos descubrirían alguna vez la música creada con sus sonidos.




La vida había pasado tranquila. Íbamos envejeciendo. La mano, más encerrada en sí misma, veía cerca su muerte y pensaba mucho en su vida pasada. Menos impulsiva, tendía constantemente hacia las teclas izquierdas del ya no tan blanco teclado. El piano también estaba más viejo, su agilidad era un recuerdo, los dedos necesitaban una fuerza perdida para empujar penosamente las teclas.
El armario estaba lleno y los papeles se amontonaban en algunos rincones, las obras más antiguas estaban amarillentas y olían fuertemente al polvo que no cabía en la tapa del piano. La luz era débil y la sombra aumentaba invadiéndolo todo; ya rozaba la madera negra provocando una extraña visión, el piano era un manto que cubría gran parte de nuestro cuarto. Las herramientas, por ser fuertes y prácticas, conservaban su juventud. Yo sí estaba más vieja, cansada de escribir, de observar un mundo tan cerrado. Demasiado cansada para salir y añadirme a Todos.



Ahora ya todo ha terminado. La mano ha muerto cerrando el piano. El polvo ha aumentado y los papeles apilados por los rincones están más amarillentos aún. Las cortinas son, desde hace tiempo, un montón de trapos en la sombra y las paredes no se distinguen bien. Los oídos siguen intentando escuchar desesperanzados lo que no van a volver a oír. Y yo, puedo por fin cerrar la ventana, los ojos, y descansar.

lunes, 1 de febrero de 2010

Pateras




Aquél iba a ser el último viaje para Hamid Soudad y tenía miedo. Aún no sabía cómo, pero abandonaría aquello. Quizá muriendo.
Después de una semana de espera, parecía que la noche sería propicia al paso del estrecho. El viento de levante había cambiado al fin en la tarde; una brisa suave venía desde el noroeste cuando Hamid se acercó al mar para ver su movimiento. Olas suaves llegaban a la orilla con esa respiración tranquila que, antes, tanto le habría gustado. El agua arrastraba las conchas que se amontonaban en el borde de la tierra seca, las algas mecían dulcemente sus tentáculos con el vaivén de la marea. Pero aquella tarde el muchacho sabía que el mar no era dulce, había visto morir a muchos. Aquél sería su último viaje, aunque no supiera cómo hacerlo. Quizá muriendo.
Se dirigió al punto de encuentro, era un grupo de negros, de Nigeria, o quizá de Sierra Leona, para Hamid era lo mismo; esperaba que sólo hubiera hombres, no soportaba ver mujeres y niños amontonados en la barcaza. Llegó al almacén cuando el sol iluminaba apenas la calle sin asfaltar. Del cafetín de la esquina salía música española, era la televisión que unos viejos oscuros miraban callados, la luz amarillenta de una bombilla daba algo de luz a Hamid cuando abrió la puerta del almacén. No sabía cuanto tiempo llevaban allí, quizá una semana, puede que más. Olía a desechos y restos podridos; un ventanuco era la única entrada de aire fresco del almacén, un grifo goteando, un retrete oculto tras una cortina costrosa. Eran treinta y dos, entre ellos dos mujeres embarazadas, ningún niño. Él les dio instrucciones por señas, saldrían cuando el cafetín hubiera cerrado, cuando la luna nueva no pudiera delatar sus pasos hasta la playa.
Hamid había llegado a Tetuán desde Alhucemas después de la muerte de su padre. Tras del accidente, la Societé d´Explotation des Mines du Rif no se hizo responsable más que del entierro y una pequeña cantidad a la madre, y él soñaba con ver salir el sol por el otro lado del mar. En Tetuán no era fácil sobrevivir, sí lo era encontrar patrones que llevaran gente a Europa, patrones que contrataran a muchachos acostumbrados al mar, y Hamid conocía el mar, de tanto mirar el horizonte, de tanto soñar con cruzarlo.
A pesar de la aglomeración, el silencio era casi total en el almacén. Al llegar el momento, Hamid los dirigió a la playa, la barcaza estaba oculta entre las rocas y tendrían que llevarla al mar. Después de tanto levante, esa noche encontrarían más embarcaciones cruzando el Estrecho, no sería raro que los detuvieran las lanchas españolas. Subieron a la barca en orden, como si hubieran ensayado previamente sus pasos, y no se volvieron para mirar la tierra de la que se alejaban quizá para siempre. Ya separados de la costa marroquí, Hamid supo que la travesía sería fácil, el viento era suave y el motor de la barcaza la hacía avanzar a buen ritmo. Recordó otras veces de mala mar, en las que las olas subían por encima de los cuerpos ateridos, y el zarandeo los hacía vomitar por la borda, en que las madres abrazaban tan fuerte a sus hijos que ahogaban sus llantos dentro de sus vientres, en que tardaban diez horas en divisar el resplandor del faro de Trafalgar. Pensó en su madre, en las cartas que un amigo le enviaba por él desde Huelva y que contaban mentiras sobre vergeles freseros y playas de arenas finas, sobre dinero honesto y felicidad.
Un golpe de mar desvió ligeramente el rumbo y Hamid tuvo que girar el timón; un hombre gritó de dolor por las quemaduras que le produjo la gasolina derramada junto al agua salada, fue su compañero de asiento quien lo calmó hasta quedar de nuevo en silencio. Hamid no se movió, hacía mucho que no atendía ninguna mirada, así era más fácil olvidar. Porque aún soñaba cada noche con la mar dura, y las lanchas acosándolos desde Tarifa, con los ahogados de aquella primera travesía. Hombres y mujeres que al caer al mar no pudieron mover los brazos, los tenían endurecidos por el frío y el miedo y se hundieron sin luchar. Los lamentos de los que permanecían en la barcaza resonaban aún en los oídos de Hamid y las miradas de los ahogados aún las sentía clavadas en él.
Cerca del amanecer divisó el relumbre del faro. Abandonaría la barcaza en la orilla y huiría con los demás por los montes de Meca. Sí, aquella sería su Meca, su peregrinación al sitio del profeta. Si lograba escapar iría a Huelva en busca del amigo y de trabajo en las fresas, si no, se mataría antes de ser devuelto al patrón. Le habían dicho que la policía llevaba a los marroquíes a un lugar llamado Isla Paloma mientras organizaban la repatriación, y que los heridos acababan en un hospital del que era fácil escapar en un descuido. Faltaba poco, pronto divisarían la costa de Trafalgar, algunas motoras más potentes ya habían dejado su carga y desandaban el camino. Una pasó tan cerca que el tripulante avisó a Hamid de que había patrulleras, que no hicieran ruido, que sólo escaparían si por suerte las lanchas se ocupaban de otras embarcaciones que iban delante de ellos.
- Son lo menos diez. Nos esperaban – se le oyó decir.
- ¿Cerca del cabo?
- Sí, y también en los Caños y en Barbate. Mejor navega hacia Tarifa. – y antes de alejarse – Mal día para cruzar.
Los hombres estaban nerviosos, se levantaban en sus asientos mirando con ansia el horizonte, algunos decidieron llegar a nado y Hamid supo que no lo lograrían. Una luz potente lo sorprendió de pronto acercándose a gran velocidad. Él cambió ligeramente el rumbo, buscaría un lugar más seguro en la costa. Pero la luz seguía acercándose. Los negros no tenían miedo a la deportación, sabían que si tiraban sus papeles por la borda no tendrían que aclarar su procedencia, a ellos los dejaban deambular por las ciudades esperando una oportunidad. Pero Hamid no tendría la misma suerte y los montes de la costa, desde aquel mar, ya con la luz del amanecer, no parecían tan lejanos. Casi se podían tocar extendiendo los brazos, y oler los pinos desde allí.
Cuando la patrullera llegó hasta ellos, Hamid Soudad se lanzó al agua; no pudo moverse, tenía los brazos endurecidos por el frío y se hundió sin luchar. Pero él no buscó ninguna mirada a la que agarrarse. Antes de desaparecer bajo las olas sólo quiso contemplar el sol que ya salía por el otro lado del mar.

domingo, 27 de diciembre de 2009

Viar



Marcelo ha muerto, pero es tan corto el tiempo desde entonces que todavía es fácil pensar en su respiración y su sonrisa. Todavía la rutina no ha cambiado y permanece mi costumbre de sentirlo como un elemento más de este paisaje adorado.

 Viar es seco. Está lleno de encinas viejas que se retuercen hacia el cielo y hacen sentir la dureza de la tierra que tan pobremente las alimenta. En verano, el manto amarillento que se extiende bajo los árboles absorbe los movimientos, ensordece los ruidos, elimina cualquier síntoma de vida. De día el calor es fuerte, el pensamiento se aletarga esperando el viento de la noche; pero más tarde, la luz de la luna o de montones de estrellas acompaña el cambio de mi tierra oscura. Es entonces cuando el vapor que sube desde el suelo caliente, gira en el aire haciendo señales al viento que llega muy despacio para llevárselo a la liberación de la luz fría. Y se oye cómo se estiran las plantas, cómo las ramas anquilosadas cambian dolorosamente de posición. Se oye el crujir de las hojas secas pisadas por los animales que salen, al fin, de su escondido sueño.

Pero hoy es invierno. La tardía humedad ya ha oscurecido el polvo de los arroyos antes inexistentes; la hierba moja mis zapatos cuando bajo por la ladera hacia el Tamujal. Esta es la parte de Viar más cercana a la casa; está llena de recuerdos que, enraizados como árboles inmóviles, no dejan que corra ligera y arañan mi cara con sus ramas bajas. Hasta los más lejanos detalles del tiempo pasado aquí me azotan el pensamiento haciéndome vivir la vida en un instante. Vuelvo a sentir la presencia de mi padre en la lluvia que se pega a mi piel.


Su figura grandísima se inclina para apoyarse en el bastón mientras mira callado cómo se va acercando Antonio desde la casilla. Los movimientos son tranquilos, supongo que es por la inclinación del terreno. Los veo cuando se acercan al río para ver si la lluvia de los últimos días ha llenado la charca. Van vestidos con colores oscuros, pantalones de pana o de franela, chaquetas de lana y los sombreros. Antonio una gorra, mi padre nunca sale de casa sin su mascota de fieltro gris.


El ruido de los cencerros golpea mis sienes, siento miedo cuando las vacas rojas se acercan a mí con los ojos fríos. Huyo hacia la casa recibiendo nuevos golpes en mi memoria.


Mientras subo por la ladera voy mirando la hierba húmeda bajo mi sombra. Donde mis hermanas han clavado el cuchillo para llevar un trozo de suelo al belén hay descarnadas heridas, hondos huecos marrones de tierra y agua. Llegamos todos juntos al patio, excitados por esa vivacidad que da la creación de algo. Los primeros llevan la espuerta cargada de hierba y piedras, y en la entrada se amontonan las ramas de pino que los varones cortaron antes. Mamá y Tere ponen en la mesa montes, árboles y un río. Saben bien cómo hacerlo y luego,en la esquina, van formando un hueco recogido que cubren con altos matorrales. El camino de piedras se acerca a la laguna y allí choca con el brillante espejo del agua. Con movimiento rápido van surgiendo las figuras estáticas, paradas por una mano que las hizo de barro. El olor de tierra mojada entra fácilmente en mis pulmones que lo esperan desde hace un año. Y cuando ya nada se mueve, me quedo sola, incluida en la historia recién inventada.

Luego la oscuridad del corredor me empuja hacia la cocina, allí oigo la voz de Paca que me llama. Sus ojos amarillos se llenan de complicidad cuando me ofrece una taza de espesa nata. Sabe cómo me gusta tomarla con azúcar dulcísimo, y siento que mi boca se derrite mientras la gordita figura se inclina alegremente para saludar a sus gatos.


La cocina grande es la habitación de la casa que más me gusta. Siempre silenciosa y oscura. Al fondo, la chimenea atrae a todo el que se adentra en esa paz. Sentada en una silla verde de enea, delante de la chapa cuadrada que siempre ha soportado el calor de las brasas, vuelvo a ver el fuego rojo y a oír el chispeante crujir de las maderas ardientes. El fuego pincha mi piel, y así, me hace llegar más dentro de la luz cambiante. Las llamas tienen formas tan veloces que la atención tiene que ser absoluta para captar todas las extrañas esculturas. El vértigo me ata fuerte al asiento mientras mis ojos obsesionados quieren entender el lenguaje de este movimiento. Permanece así mi mente mucho tiempo. Pierdo el sentido de los minutos, y se agolpan todas las historias como vividas a la vez, como si la evolución no se hubiera producido. No puedo distinguir a las personas que ahora me rodean. Hablan entre ellas mezclando las conversaciones, mezclando los años, aunando el tiempo. Y yo tengo todos los sentimientos. La presión crece. No me resisto y corro hacia la lluvia para que mis lágrimas se mezclen con el agua que cae de los canalones del tejado. Marcelo ha muerto. Me acerco a la verja del patio para mirar la casilla. La soledad se ha apoderado de Viar. Es difícil permanecer impasible mientras se degrada el pasado, y quejidos de impotencia salen de mi espíritu cuando recorro con la vista el alto perfil oscuro de las montañas que me rodean.



Viar es una dehesa extremeña en el término municipal de un pueblo al que nunca he ido. Cuando necesitamos un espacio más poblado vamos a Llerena, o a Pallares los días de misa. Para llegar a Viar el viaje es interminable, un continuo cambio de carreteras hasta el carril. Sorprende ver cómo cambia el paisaje a medida que nos acercamos a la zona desde Villafranca. Primero es llano, olivos, viñas, sembrados de trigo verde y amarillo, repoblaciones de eucaliptos dañinos en las primeras pendientes. Cuando se empiezan a distinguir los montes en el cercano horizonte, el color pasa a ser marrón de tierra y verde oscuro de hojas de encina. Cercas de piedra en las que nace cada invierno un musgo espeso en sus numerosas roturas. Las casi inexistentes casas que nos encontramos por el camino, son blanca y vacías. Llenas de desconchados en la cal vieja, y vacías. Parece que el silencio es el habitante permanente de estos cerros.
Detrás de una de las curvas retorcidas está la entrada al carril que, casi oculto, nos anuncia ya el aislamiento de la casa. El carril, camino de tierra y piedras descarnadas, tiene tres cancelas que intentan evitar la contaminación de Viar.
Se cruza la primera cancela y se ve, a la derecha, alta, la casa de tía Mariana. Es blanca y grande, tiene el aspecto de casa deshabitada que le dinero mantiene ilesa. Siempre miro como encantada las paredes lisas, los muros cuidados, los árboles. Son árboles frescos que suenan como campanillas cuando el viento los sacude. Rodean la casa y los otros edificios del cortijo. La capilla, las cuadras y también el palomar, tienen un aspecto misterioso detrás de tantos papelillos verdes, cristales finísimos, prismas que pintan las paredes con todos sus colores vivos y cambiantes. Son juegos de sombra y luz que siempre miro extasiada hasta que me ciegan las curvas del camino.
Con mi padre entré una vez en aquel misterio. Tía Mariana, triste señora amable, nos recibió con su traje negro en el descansillo de la escalera. Sentada en la camilla de la salita, con una luz muy suave que venía desde el balcón, los oía hablar de sus vidas. Me gustaba más mirar el patio desde la altura mientras sus voces graves daban un apoyo melodioso y blando a mis sueños. Siento todavía el picante calor del brasero en mis piernas.


Mi padre acaba de mover las brasas con la badila. Hace frío fuera, pero en el salón el ambiente es cálido. Huele a humo, los muebles oscuros y silenciosos están atentos a las órdenes de su señora. Hay fotografías sobre la chimenea, y una lámpara de cristalitos cuelga de la mitad exacta de la bóveda. Cada rincón está lleno de detalles empolvados que me entretengo en buscar, como un juego, como seguir con un dedo cercano a un único ojo abierto, el dibujo geométrico de las baldosas del suelo.
Tía Mariana es prima de mi padre y mucho mayor que él. Cuando su dulce sonrisa me dice cómo estoy creciendo, mi padre me mira contento desde el otro lado de la mesa. Siempre me siento feliz cuando recibo este regalo, es como si me ofreciera su vida, como si por un instante fuera sólo mío. Al lado de mi tía es fuerte y grande, y su voz es grave. El pelo blanco antes era oscuro, pero yo siempre lo he conocido así. Tiene unos preciosos ojos negros, y por su cara envejecida sé que las cosas no le van bien. Me siento impotente frente a sus escondidos dolores, no los entiendo y los odio. Se revuelven las ideas en mi mente y salen por mis manos y mi frente sudorosa. Dicen que cuando se es niño es fácil odiar con fuerza y olvidar después.


El camino parece infinito antes de llegar a Viar, las ruedas lo aplastan torpemente intentando seguir siempre sus absurdos pliegues. Lo primero que se ve es la cerca de arriba. Parecen las ruinas de una antigua muralla cayendo lentas y abatidas por la ladera, por la pendiente más suave del monte sobre el que se apoya la casa. La amplitud de la pradera cercada permita a los animales que siempre hay en ella, correr hasta agotarse. Beben en la pila que hay junto al pozo, o en los abrevaderos de latón de las ovejas. Es fácil encontrar allí al burro maniatado y grupos de borregos blancos y patilargos detrás de sus viejas madres.
Al patio se accede por el último trecho del carril. Es un mirador amplio, redondo, rodeado de una verja verde de puntas afiladas. Allí encontraron a Marcelo, sobre la tierra que tantas veces había estrujado con sus pasos fuertes. Los perros se le acercaban buscando algún sonido en su mirada.


Los perros de Viar siempre han sido especiales. Me gusta pensar en las pesadas carreras de los mastines entre las encinas, en los feos perritos nerviosos que salen al paso de cualquiera demostrando su presencia. Un continuo juego entre las patas de las vacas, entre las manos de los habitantes de la casa.
También están las hormigas. Cuando se es chico y observar a las otras personas supone un esfuerzo inútil, es más cómodo y divertido mirar el suelo. Se conoce cada hueco, cada ruta permanente de las hileras larguísimas de hormigas. Las hay negras y rojas, unas pequeñas y otras grandes. Mis hermanos las obligaban a pelearse.



En cada mano, aprisionada entre dos dedos, tiene una hormiga gorda que se resiste con el movimiento insonoro de sus patitas. Manolo, Álvaro, Ramón y yo estamos agachados sobre las lanchas de pizarra del porche. Somos los más chicos de la casa. Nuestra curiosidad y nuestros gritos hacen que la tensión crezca y por fin los dedos de mis hermanos abrazan, forzosa y violentamente, a las dos hormigas. La lucha es inevitable. Retuercen sus cuerpecitos de bolas negras, se patean la una a la otra intentando mantener el equilibrio y las pinzas de sus bocas lanzan ataques al aire. Cuando consiguen separarse huyen nerviosas y se pierden entre sus compañeras en el cortejo. No deja de sorprenderme el silencio de estas luchas.
En las entradas de los hormigueros, los bichitos, con sus movimientos entrecortados, entran y salen metódicamente. Ninguna se pierde, ninguna rompe la continuidad. Pero si tapamos el hueco todo se revoluciona, el suelo de alrededor se tapiza de un dinámico color negro que sólo desaparece cuando el paso es otra vez libre.


Enfrente de la casa está el palomar. Tiene un nido de cigüeñas sobre el tejado, pero ahora está vacío. Detrás el terreno se suaviza, las pendientes casi no se notan y las encinas han dejado su lugar a las retamas que forman una maraña nebulosa y dulce. En las orillas de Tamujal las ramas de espino se espesan formando una valla difícil de atravesar. Era divertido buscar un paso, y, colocando piedras resbaladizas, cruzar el riachuelo.


La risa de Cecilia me pone muy nerviosa. Lo normal será que mis botas marrones resbalen y caigan al agua torpemente. Ahora estoy colocada de un modo tan extraño que es mejor no moverse. La pierna derecha, muy valiente, ha conseguido avanzar y posarse en una piedra firme y picuda, la izquierda, tan lenta como su dueña, se ha quedado atrás indecisa y tiritando. Ceci tira de mi mano con fuerza, no sabe que mi equilibrio peligra porque no para de reír. Por fin la pierna izquierda se lanza atolondrada y la bota se introduce limpiamente en el agua clara. Ahora yo también río, reímos tanto que caemos sobre al hierba sujetándonos la tripa. La risa nos ablanda, termina siempre en una especie de suspiro agudo y leve que nos deja calladas y sonrientes, con las fuerzas agotadas. Sería más agradable ahora dormir junto a mi hermana que levantarme y seguir andando.

Siguiendo el curso del Tamujal se llega a la Junta, donde se unen nuestros dos ríos formando una laguna pequeña pero honda. Siempre hay sombra allí, porque una imponente pared de piedra protege el lugar de la luz del sol. Como es invierno la superficie de la laguna tiene un carámbano bastante firme.


Álvaro intenta mantenerse encima del hielo, Ramón lo sigue. El mayor, tan delgado, tan nervioso, salta rozando apenas la superficie, pero Ramón tiene pocos años y la pesadez de los niños chicos. Súbitamente el suelo se abre y mi último hermano se hunde hasta las rodillas en el agua helada. Se oyen riñas y gritos, pero la protectora Inés busca rápidamente una solución. Las piernecitas desnudas de Ramón encima de la hierba parecen tan tímidas y asombradas como sus ojos. Inés las envuelve en bufandas y pañuelos, y se coloca al niño en la espalda para seguir el paseo.

Viar no es sólo su paisaje. De la cima de los montes, mezclados con el olor de las jaras vienen los espíritus de sus antiguos habitantes. Han elegido Viar como morada eterna y dan una atmósfera fantasmal a las noches del cortijo. Se esconden detrás de las puertas que atravieso, en las fotografías antiguas, en los espejos. En el humo de las velas encendidas, en su luz cambiante y en los confusos ruidos. Me han acosado obsesivamente toda mi vida, aún ahora siento sus miradas y sus caricias en mi mente. Todavía hoy los latidos se aceleran, la respiración pierde su compás tranquilo y tengo la necesidad imperiosa de sentirme acompañada por algo vivo.


Llamo angustiada a mi madre. Cuando oigo su voz los fantasmas desaparecen y puedo dormir tranquila. La voz de mi madre es el bálsamo sosegado que necesito ahora, cuando entre las sombras oscuras del cuarto figuras desconocidas y vaporosas tratan de introducirse en mi almohada. Pero es Dolores la que me tranquiliza hoy hablándome de felicidades futuras, me habla de viajes a tierras lejanas y de cuentos maravillosos. Ya puedo dormir acompañada por la vigilante historia que inventa mi hermana, las palabras suaves entran en mi corazón y dulcemente lo adormecen. Ahora es todo muy real.

Es posible que algunas de las vidas que vagan por Viar se hayan metido tanto en nuestras mentes que nosotros seamos su prolongación. Puede que sea el modo de encontrar la eternidad. Imagino a mi abuelo mirando a Cristóbal, parece que mi hermano ha vivido desde hace mucho tiempo. Quizá es porque fue el primero que trajo a casa un niño de la nueva generación, el primer niño con el que me sentí mayor. También sé que la dulzura de Pilar existe desde siempre, sus ojos claros, su piel blanquísima, y que algo de mi padre continúa en Manolo.
El pasado está incrustado en las piedras, cada segundo que pasa se escribe en el suelo y en nuestra memoria. He oído hablar de Viar muchas veces, historias nuevas y viejas. El pasado, incluso el más antiguo, el que nadie conoce, está grabado en nuestras mentes y nos obliga a soñar con la tierra. Viar se fija con luces llamativas entre los recuerdos de cualquiera que pisa su sus piedras. Antonio y Paca, la Seño, todos los que conocen Viar aunque sea muy poco, pertenecen a su aire y así se eternizan.
Dentro de poco vendrán otras personas a cuidar Viar, cambiarán las costumbres y seguramente se irá recuperando el antiguo esplendor de la casa. Nos acostumbraremos a la nueva época y volverá a dolernos el pensamiento cuando inevitablemente termine. Pero las encinas no cambiarán, ni el calor del verano, ni las heladas del invierno. Al final todo no será más que aire entre las jaras. Ahora Marcelo ha muerto y su voz de humo sólo se oye por los montes de Viar.





jueves, 10 de diciembre de 2009

Juana en el huerto



Juana está en el huerto desde hace rato, como cada tarde ahora que es verano y el sol caldea el aire. Se acerca a saltitos hasta la alberca para ver si encuentra ranas, porque hoy su madre la ha castigado sin baño.
-¡Juanita! ¡Que te he dicho que no hay baño! No me enfades; mira que el verano es largo y no tengo ganas de lucha.
-No voy a bañarme, mamá, sólo busco ranas.
-Sí, ranas ¡Como si no te conociera! Demonio de niña…
La madre de Juana se llama Manuela y es una mujer grande y de genio encendido. Trabaja en el huerto con su marido, Eugenio, que se quedó cojo de chico al caerse de una mula y arrastra una pierna que dicen que es de palo. Juana tiene dos hermanos, uno Geni y el otro Manolo, pero no son como ella, les gusta estar en la casa leyendo cuentos y viendo dibujos en la tele. Sin embargo Juana es de campo, prefiere subirse a los árboles y a los tejados, buscar lagartijas y jugar con su perro Terrible.
-Ven Terri, ayúdame a encontrarlas que mira lo bien que se esconden. En cuanto me alejo se ponen a cantar, y se ríen de mí. Mira aquí…, mira allí…
- Grrr….- Terrible con el hocico parece que ha encontrado el sitio.
- ¡El bote, el bote, Terri!- Juana se inclina sobre el borde de la alberca con tantas ganas que acaba cayendo al agua con un chapuzón de campeonato- ¡Ay, mi madre, que de esta no me libro!
La carita remojada de la niña asoma entre las hojas verdes de un helecho. El pelo negro y lacio, pegado a sus orejas, le da un aspecto raro, los ojos oscuros tan abiertos como dos flores, la boca roja y asustada.
- Parece que mamá no se ha enterado, Terri. Voy a la casa sin que me vea y me cambio de ropa- cuchichea al perro con mucho misterio.
Juana saca una pierna por el borde, el zapato chorrea agua y cuando se apoya en el suelo suena un ¡chaff! Luego la otra pierna ¡Pobre traje de lunares! El que más le gusta y está hecho una pena. Comienza a andar con sigilo hacia la casa, pero los chaff y chuff la siguen por el camino de piedra. Decide quitarse los zapatos y, al poner los pies en las losas calientes por el sol, tiene que dar un salto y taparse la boca con las dos manos para no gritar de dolor.
-¡Que me quemo, Terri!- susurra con la cara encogida.
Agazapada detrás de una celinda cuajada de flores blancas, decide pensar qué hacer. Para tener ocho años es alta y espabilada, casi tanto como su hermano Manolo, y eso que éste le lleva dos años. Manolo, sí, eso es, Manolo. Su hermano la ayudaría si supiera cómo llegar a él. Estará en su cuarto, durmiendo la siesta con un Mortadelo. La ventana está cerca, sólo tiene que saltar el escalón de la tomatera, meterse entre los pimientos y las berenjenas y no resbalarse en el barro, que su padre ha regado esa mañana
-Terri, tú quieto que ahora vengo.
-¡ummmm!- el perrillo no se queda muy conforme.
Juana, con paso sigiloso, se coloca en el filo del bancal de tomates. Es bastante alto, pero si va con cuidado seguro que consigue saltar entre los pimientos sin que se noten sus pisadas. El suelo está mojado y el agua ha reblandecido la tierra, por eso, cuando adelanta el pie derecho lista para saltar, el izquierdo se hunde en el barro y hace caer a la niña de cuerpo entero sobre las sandías espachurrando dos o tres de buen tamaño.
-¡Ayyy, ay, Terri! ¡Mi padre! ¡Ay cuando lo sepa mi padre!- se lamenta Juana mientras se limpia las pepitas que tiene en la cabeza.
Terrible, al ver a su amiga tan desamparada, salta sobre ella lamiéndole la cara.
-¡Para ya, Terri! No seas pesado. A ver cómo arreglamos esto antes de que se acabe la siesta.
Juana y Terrible se miran muy pensativos.
-¡Ya sé! Debajo del palomar Papá guarda las sandías que están maduras. Si traigo tres y limpio esto, ni se entera. Luego buscaré a Manolo.
El palomar no está lejos pero, si no quiere que desde las ventanas de la casa la descubran, tendrá que sortear los rosales de su madre, y eso no es poca cosa. Además, como está tan pegajosa como un caramelo, unas hormigas que rebuscan entre las azucenas confunden a la niña con un tarro de mermelada y acuden a ella llamando a sus compañeras.
-¡Ehhh!¡Festín!- parecen decir.
Pronto la pobre Juana parece un conguito de tanta hormiga. Los bichitos negros suben por sus piernas, se meten entre la ropa, le salen por el escote y al final, llegan a la cima de su cabeza pinchándole en la coronilla la bandera de país conquistado.
-¡Iros de aquí! ¡Fuera!
Juana se retuerce, salta, sopla, se frota y hasta se revuelca por el suelo. Terrible, asustado de tanto baile, ladra sin saber qué hacer: o se come a las hormigas, o se come a su amiga a ver si así se está quieta. Las abejas que revolotean entre las rosas acuden al jaleo y confunden a Juanita con una inmensa sandía madura. Las palomas imaginan arvejones entre las manos de la niña y, posándose en sus brazos, picotean hormigas, abejas, pipas de sandía, pelos pegajosos de Juana y hasta restos de barro reseco.
-¡Mamáaaaa! ¡Socorrooo, auxiliooo!- grita la pequeña mientras corre despavorida a la alberca y se lanza en plancha al agua fresquita.
-¡Demonio de niña! Pero ¿Qué te he dicho? Hoy no hay baño- Manuela sale de la casa asustada por los gritos de su hija. Con los brazos en jarra se planta junto a la alberca- ¡Sal inmediatamente! ¿Será posible? No te has quitado ni la ropa.
Juana, con carita de no haber roto un plato, sale de la alberca como un pollo remojado. Su madre la agarra de la mano y la lleva hacia la casa.
- ¡Venga! que hoy no sales más. Hoy como tus hermanos, a ver la tele y a leer cuentos que falta te hace.
Juana va muy callada y parece triste ¿Estará arrepentida? De pronto, con una gran sonrisa, guiña un ojo a Terrible y parece decirle: ¡Qué alivio, Terri! Espérame que dentro de un ratito estoy otra vez contigo.

martes, 8 de diciembre de 2009

El vuelo de Rosana



Mientras el coche planea sobre el río en un vuelo rasante extrañamente lento, a Rosana se le detiene el tiempo. Como si una inmensa burbuja la hubiera abducido, pierde la conciencia de la gravedad. Flotando sobre el asiento del conductor, gira la cabeza para mirar a sus hijas y a Andrés que duermen flotando ellos también; le parecen algas de largos tentáculos acunándose con la marea del Atlántico.
- Ay, Amelia, se me olvidó recogerte el pelo – se lamenta de su descuido.
Sabeque estando así, con los rizos amarillos hacia arriba, hacia tan arriba, a su niña chica le dolerá la cabeza.
-A ti, Irene, te lo corté el viernes. Mejor así.
El viernes fue el día sombrío en que el doctor Lafuente la llamó a casa después de la lluvia de la tarde, cuando nadie esperaba que lloviera y el otoño y el frío aún no eran bien recibidos. Ella había salido hacia el estudio.
-Es urgente, Dalia, dígale a la señora que me llame sin falta.
Pero Rosana sabía muy bien cual era esa urgencia, por eso no llamaría. Actuaría como tenía decidido. Era lo mejor. Ella sabía que era lo mejor.
- ¡Qué pronto dejaste de insistir! En cuanto Dalia te dijo que pasaríamos fuera el fin de semana. Imaginarás que puedes esperar hasta el lunes.
Inesperadamente parece que Andrés abre los ojos y ella se alarma.
-No te despiertes amor, ya falta poco.
Ahora, con el tiempo detenido sobre el río intranquilo, Rosana recuerda que Andrés, su Andrés moreno y dulce que la cautivó rozándole el cuello una noche de mar, ha bebido sin dudar el agua envenenada. No ha sido difícil, siempre lleva una botella para aliviar la sequedad que le produce la medicación. Desde que hace años tuvo la primera crisis, Andrés no ha vuelto a ser el mismo.
- No te preocupes, mi vida. Nos iremos todos juntos.

Las niñas son muy pequeñas, el agua las ha dormido con el primer sorbo y no notarán nada. Rosana consigue volverse hacia sus caritas suaves, los ojos cerrados, los labios rojos. Aunque se le rompe el alma, sin vacilar ha querido que ellas los acompañen, a pesar de que Mercedes se ofreció a cuidarlas. Desde que tuvo la certeza de que su vida no duraría mucho, había decidido que Andrés y las niñas no sufrirían su enfermedad y su ausencia.
- Id solos, aprovechad que estoy aquí – su hermana insistió- Anda, Rosana, os vendrá bien ahora que Andrés está mejor.
-Esta vez no, Mercedes. Gracias, pero esta vez no.
Y a Rosana se le congelaban las palabras cuando, mirando a su hermana, sabía que esa vez no podría contar con ella, ni contarle siquiera sus más íntimos pensamientos como siempre había sido, desde pequeñas, cuando sus padres las dejaron en casa de la abuela para ir a aquel último congreso de gastroenterología en Bilbao.
Al fin escucha como la burbuja que los mantiene parados sobre el río se resquebraja, percibe el ruido del agua correr bajo el coche, el viento que resopla y se cuela por la rendija de su ventana abierta. Y el tiempo que se precipita.